
Impaciente acudía a mi cita en el aeropuerto de El Prat, aquel tibio atardecer de Agosto. Iba al encuentro de la que, en las tres últimas y calurosas semanas, había compartido conmigo la triste soledad de mi alcoba. Aquélla que, en la callada quietud de la noche, había escuchado las confidencias susurradas al oído de este fogoso adolescente.
Marchaba sin conocerla apenas pues nuestras largas y palpitantes conversaciones habían sido elaboradas a través de un frío teclado de ordenador. Quizá fuera la exultante intimidad que otorgaba Internet la que propiciara que el tono de nuestro amatorio diálogo fuera la mayoría de las veces bruscamente erótico. Minuto tras minuto iba creciendo en mí un vertiginoso anhelo que me impedía llevar a cabo el resto de mis tareas. Mi imaginación se desbordaba fantaseando con encendidas ilusiones que me sumían en un apasionado ensueño del que era difícil escapar. Mi único afán de esos días era esperar ansioso el momento de la conexión.
Nuestra última plática había terminado con ese deseo mutuo de compartir, piel con piel, el aire ardiente de la siguiente noche. Empujado por mi inconsciente bisoñez y preso de un violento arrebato, había resulto acudir a su encuentro. Esa madrugada, mis sueños me llevaron a su lecho, aquél que había probado el amargo dulzor de su sudor, el palpitante flujo de sus noches en celo, el rebosante bermellón de sus primeros días de ciclo. Mezclados por un ceñido abrazo, nuestros empapados cuerpos retozaban sobre las sábanas blancas tornadas ahora de un húmedo ceniciento. Mi alma, encerrada en un profundo beso, se fundía con la suya dentro de su boca.
Al día siguiente reunía algo del dinero ahorrado para mis días de asueto y marchaba a Barajas esperando encontrar asiento en algún puente aéreo. Una apresurada muda en la bolsa y sin saber si ella estaría dispuesta a acogerme entre sus brazos. Sabía que le resultaría difícil escapar del hogar que había construido durante ocho años de tortuosa convivencia con el padre de sus dos hijas. Temía que una vez allí, quizá ella sintiera miedo al encontrarse de cara con aquél que había conseguido devolverla a la más olvidada juventud, aquél que con sus palabras le había hecho probar el dulce sabor de lo prohibido.
Sin mirar si quiera al resto de viajeros, pasaba los cincuenta minutos del vuelo imaginado su rostro, enmarcado en un ensortijado pelo negro y coronado por dos almendrados ojos; sus labios, gruesos y encarnados, capaces de donar el más cálido de los besos; sus piel pajiza, como campo de trigo en Agosto, que se sonrojaba al llegar a los pómulos; y aquel lunar, próximo a la comisura diestra de sus labios, que tanto me había encendido desde que me lo describiera.
Apenas me daba cuenta del despegue y al poco ya salían los pasajeros al llegar a Barcelona. Las ocho y media de la tarde y el sol comenzaba a esconderse en el horizonte. Una sedosa brisa rozaba mi cara al bajar por la escalerilla. Casi sin respirar el salado aire costero, me adentraba por entre los pasillos del aeropuerto deseoso de encontrar a mi amada. Al llegar a las puertas de la Terminal C, donde debíamos vernos, el corazón amenazaba con romperme el pecho y salir disparado fuera de mí. Mi saliva, escasas gotas dentro de mi garganta. El tiempo transcurría lentamente aunque pasaban ya diez minutos de mi llegada y ella parecía retrasarse.
Marchaba sin conocerla apenas pues nuestras largas y palpitantes conversaciones habían sido elaboradas a través de un frío teclado de ordenador. Quizá fuera la exultante intimidad que otorgaba Internet la que propiciara que el tono de nuestro amatorio diálogo fuera la mayoría de las veces bruscamente erótico. Minuto tras minuto iba creciendo en mí un vertiginoso anhelo que me impedía llevar a cabo el resto de mis tareas. Mi imaginación se desbordaba fantaseando con encendidas ilusiones que me sumían en un apasionado ensueño del que era difícil escapar. Mi único afán de esos días era esperar ansioso el momento de la conexión.
Nuestra última plática había terminado con ese deseo mutuo de compartir, piel con piel, el aire ardiente de la siguiente noche. Empujado por mi inconsciente bisoñez y preso de un violento arrebato, había resulto acudir a su encuentro. Esa madrugada, mis sueños me llevaron a su lecho, aquél que había probado el amargo dulzor de su sudor, el palpitante flujo de sus noches en celo, el rebosante bermellón de sus primeros días de ciclo. Mezclados por un ceñido abrazo, nuestros empapados cuerpos retozaban sobre las sábanas blancas tornadas ahora de un húmedo ceniciento. Mi alma, encerrada en un profundo beso, se fundía con la suya dentro de su boca.
Al día siguiente reunía algo del dinero ahorrado para mis días de asueto y marchaba a Barajas esperando encontrar asiento en algún puente aéreo. Una apresurada muda en la bolsa y sin saber si ella estaría dispuesta a acogerme entre sus brazos. Sabía que le resultaría difícil escapar del hogar que había construido durante ocho años de tortuosa convivencia con el padre de sus dos hijas. Temía que una vez allí, quizá ella sintiera miedo al encontrarse de cara con aquél que había conseguido devolverla a la más olvidada juventud, aquél que con sus palabras le había hecho probar el dulce sabor de lo prohibido.
Sin mirar si quiera al resto de viajeros, pasaba los cincuenta minutos del vuelo imaginado su rostro, enmarcado en un ensortijado pelo negro y coronado por dos almendrados ojos; sus labios, gruesos y encarnados, capaces de donar el más cálido de los besos; sus piel pajiza, como campo de trigo en Agosto, que se sonrojaba al llegar a los pómulos; y aquel lunar, próximo a la comisura diestra de sus labios, que tanto me había encendido desde que me lo describiera.
Apenas me daba cuenta del despegue y al poco ya salían los pasajeros al llegar a Barcelona. Las ocho y media de la tarde y el sol comenzaba a esconderse en el horizonte. Una sedosa brisa rozaba mi cara al bajar por la escalerilla. Casi sin respirar el salado aire costero, me adentraba por entre los pasillos del aeropuerto deseoso de encontrar a mi amada. Al llegar a las puertas de la Terminal C, donde debíamos vernos, el corazón amenazaba con romperme el pecho y salir disparado fuera de mí. Mi saliva, escasas gotas dentro de mi garganta. El tiempo transcurría lentamente aunque pasaban ya diez minutos de mi llegada y ella parecía retrasarse.
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