Finiquitaba el año taurino y JT lo despedía en La Monumental, sospechando que, quizá, el año entrante solo la música bailaría en esa plaza. Generoso Chema ocupaba mi puesto en los madriles y el menda se escapaba a Barna con mi santa y algún compadre. Amenazaba a mojado. Chubasquero en la maleta y de Atocha a Sants en apenas tres capítulos.
Como dicen que las emociones no hay que digerirlas con el estómago vacío nos acercamos a la Boquería a pimplarnos unas butifarras con robellones y algunas pocas cervezas antes de acercarnos a la Plaza en el cruce de Gran Vía y Marina. Bienvenida en el 14 y Joselito el Gallo en el 16 bautizaron por dos veces este coso sobre el que Dalí posaría sus huevos para coronar las torres.
El Juli, Manzanares y Cayetano abrían boca el día del homenaje a Paquirri. “Aquí solo llenan Springsteen y José Tomás” decían los paisanos de tendido con las gradas casi vacías. Los bichos de Vitoriano del Río, nobles y “encastaos”, perdieron seis orejas: cuatro por el delicado temple y las soberbias estocadas del alicantino, que hundió por dos veces la bola del estoque en las entrañas de los astados; y dos por la delicadeza con la derecha del madrileño, al que aquí no silban como en Las Ventas. La puerta grande de ambos achicó la otra porta, gayola, de Cayetano a su primero. Buen prólogo para lo que se intuía el Domingo.
De setas y toros iba el viaje porque esa noche nos engullimos un revuelto de “trompetas de los muertos” -hongos negros con sombrero en forma de tubo- que algunos llaman las trufas de los pobres. Estas y la botella del Somontano -o fueron dos, no recuerdo- nos metieron en la cama con un plácido regusto a otoño.
Y amaneció el día que algunos quieren degollar. El suspiro y la esencia, la pureza y la libertad. Morante y José Tomás. Y los Núñez del Cuvillo pensando en pintar de sangre la arena que ya sólo quieren teñir de cerveza y cava.
Da igual donde se mueva si en Madrid o Almería, si en Barcelona o Palencia el torero republicano para el tiempo en sus manos. A pies juntos y por estatuarios mece el trapo al son de las olas del viento. Y cuando llega la izquierda, casi sin querer, la lleva lacia y desmayada girando sobre talones y descolgando la muñeca. El toro pegado, manchando chaqueta y taleguilla, se acopla al vals que baila el callado, que no necesita de palabras para gritar arte. Las reses se apuntan a la danza siguiendo la muleta como el amante sigue el pañuelo de las damas. No hace falta el toreo tremendista de la ausencia de espacios. La salida a hombros ya está asegurada, ¿alguien lo dudaba?. Y con el quinto una tanda de verónicas antes de presentarlo frente al caballo llevándolo al delantal. De nuevo los naturales,.. y luego la derecha,.. y otra vez con la melosa izquierda. Al final unas manoletinas, de frente al toro sujetando la muleta a la espalda, regaladas tras intentar matar en los medios. Total: Cuatro orejas, un buen trago de vino que se engulle en la vuelta al ruedo y veinte mil mentes tocadas por el Espíritu Santo.
Y de nuevo a conjugar en pasado. Morante alargaba su primero como cuando se gustaba, queriendo acompañar al amigo de Sabina en su salida en volandas. No tan noble el toro como los otros, lo llevaba con la diestra el sevillano, corrigiéndose con esmero hasta acoplarse. Y quiso rematarlo tan perfecto (suscribo aquí a Rafael el Gallo para el que el toreo clásico era “lo que non se pué hacé mejó” y el perfecto “ lo que está bien arrematao”) que se laceró la mano al entrar a matar perdiendo entonces la opción de marcharse a hombros. Hubiera sido redondo.
Y así de vuelta a casa, con el cuerpo “cansao” y el alma llena. Besos y abrazos de despedida con los colegas y esta vez sí, mi santa embelesada. No sé si de setas o de toros. Seguro que no por mí, pero conmigo.
Como dicen que las emociones no hay que digerirlas con el estómago vacío nos acercamos a la Boquería a pimplarnos unas butifarras con robellones y algunas pocas cervezas antes de acercarnos a la Plaza en el cruce de Gran Vía y Marina. Bienvenida en el 14 y Joselito el Gallo en el 16 bautizaron por dos veces este coso sobre el que Dalí posaría sus huevos para coronar las torres.
El Juli, Manzanares y Cayetano abrían boca el día del homenaje a Paquirri. “Aquí solo llenan Springsteen y José Tomás” decían los paisanos de tendido con las gradas casi vacías. Los bichos de Vitoriano del Río, nobles y “encastaos”, perdieron seis orejas: cuatro por el delicado temple y las soberbias estocadas del alicantino, que hundió por dos veces la bola del estoque en las entrañas de los astados; y dos por la delicadeza con la derecha del madrileño, al que aquí no silban como en Las Ventas. La puerta grande de ambos achicó la otra porta, gayola, de Cayetano a su primero. Buen prólogo para lo que se intuía el Domingo.
De setas y toros iba el viaje porque esa noche nos engullimos un revuelto de “trompetas de los muertos” -hongos negros con sombrero en forma de tubo- que algunos llaman las trufas de los pobres. Estas y la botella del Somontano -o fueron dos, no recuerdo- nos metieron en la cama con un plácido regusto a otoño.
Y amaneció el día que algunos quieren degollar. El suspiro y la esencia, la pureza y la libertad. Morante y José Tomás. Y los Núñez del Cuvillo pensando en pintar de sangre la arena que ya sólo quieren teñir de cerveza y cava.
Da igual donde se mueva si en Madrid o Almería, si en Barcelona o Palencia el torero republicano para el tiempo en sus manos. A pies juntos y por estatuarios mece el trapo al son de las olas del viento. Y cuando llega la izquierda, casi sin querer, la lleva lacia y desmayada girando sobre talones y descolgando la muñeca. El toro pegado, manchando chaqueta y taleguilla, se acopla al vals que baila el callado, que no necesita de palabras para gritar arte. Las reses se apuntan a la danza siguiendo la muleta como el amante sigue el pañuelo de las damas. No hace falta el toreo tremendista de la ausencia de espacios. La salida a hombros ya está asegurada, ¿alguien lo dudaba?. Y con el quinto una tanda de verónicas antes de presentarlo frente al caballo llevándolo al delantal. De nuevo los naturales,.. y luego la derecha,.. y otra vez con la melosa izquierda. Al final unas manoletinas, de frente al toro sujetando la muleta a la espalda, regaladas tras intentar matar en los medios. Total: Cuatro orejas, un buen trago de vino que se engulle en la vuelta al ruedo y veinte mil mentes tocadas por el Espíritu Santo.
Y de nuevo a conjugar en pasado. Morante alargaba su primero como cuando se gustaba, queriendo acompañar al amigo de Sabina en su salida en volandas. No tan noble el toro como los otros, lo llevaba con la diestra el sevillano, corrigiéndose con esmero hasta acoplarse. Y quiso rematarlo tan perfecto (suscribo aquí a Rafael el Gallo para el que el toreo clásico era “lo que non se pué hacé mejó” y el perfecto “ lo que está bien arrematao”) que se laceró la mano al entrar a matar perdiendo entonces la opción de marcharse a hombros. Hubiera sido redondo.
Y así de vuelta a casa, con el cuerpo “cansao” y el alma llena. Besos y abrazos de despedida con los colegas y esta vez sí, mi santa embelesada. No sé si de setas o de toros. Seguro que no por mí, pero conmigo.
Además de tus letras, eres tú quien me embeleza...
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